Soy la Lolita de Nabokov, la Lulú de Almudena, la Lisbeth de Larsson, la Amelia de Quierós, la Juana de Gioconda, la Tigra de La Cuadra, la Olga y la niña mala de Vargas Llosa.
7 a.m.
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A las 7 a.m.
todos cruzan el umbral
del despido.
Tú,
lo puedes hacer
pasadas las 11 a.m.
Instancia I Me causa hastío la invasión de tus pensamientos. Sé que son solo muchedumbre -inofensiva- navegando en aguas celofarraquídeas. Es tu cárcel mi bóveda graneal, pero soy yo quien es tu prisionera. Instancia II Bailaré violenta y bella sobre tu sexo. Giraré, giraré, giraré…. con las extremidades estiradas simulando ser tu poesía. Instancia III III, I Es memoria (artificia e intangible) la imagen de mi canto épico, de muestra fraudulenta epopeya. III, II Y nos quedan los sentidos a tu...
Ella es la voz de Scheherazade en mis noches de ensueño, son los Azules Turquesas y el viento de Lisandro Aristimuño. Ella es: las mujeres de Almodóvar, es la “Memoria de la poesía” de Jorge Dávila Vásquez. Es tu voz y la mía, la de ellos y la de nosotros. Es la voz del viento en el verano, la voz de la lluvia en el invierno, es el caminar de los transeúntes y el esquivo de cada mirada encontrada. Es la voz de Carmen Paris en su “Cuerpo triste”, es el aroma de cada cuerpo sórdido de Bukowski mezclado con el de ”Las flores del mal” de Baudelaire. Es tu voz y la mía, la de ellos y la de nosotros. Ella es la memoria de cada siglo pasado, es la perfección del número áureo. Ella es el tiempo en mi soledad, ella es mi ruido y mi calma. Ella es mi voz y la tuya, la de ellos y la de nosotros. Es cada suspiro que aspira llegar a ella.
Una habitación mísera y un cuerpo pálido que no quiere sanar, oleadas líquidas de sangre sin rumbo entre mis dientes como caries malignas, el sol de mi cuerpo que me hace delirar, estoy sin sentir…
¿Quién se atrevió a dibujarme acostada por el resto de mi vida?
Un ligero paneo: la manta azul, una silueta inmóvil, un iris violeta.
Todo sigue igual.
La parca se rebela ante mis sollozos, los que he venido acumulando en la caja musical de la abuela, le di cuerda y los he dejado salir, pero ella como estatua sostiene mi reloj de arena que parece nunca acabar.
Pero hoy destruyo ese cuadro viejo de autor desconocido, hoy le arrebato de sus manos mi reloj, hoy me despido de la comida en gotas, del manto azul, y una vez más le digo hola al iris violeta, hoy le hago frente a ese olor farmacéutico y me dejo llevar, obligando a la rebelde.
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